Las malas energías

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Igual que existen las bendiciones y las buenas energías, existen las malas. Más que energías, explica la kabalá, estaríamos hablando de entidades espirituales sin cuerpo físico, pero no por ello menos reales. Ángeles y demonios, en vocabulario judeo-cristiano, más las almas humanas no encarnadas que siguen en nuestro entorno, aunque no las veamos.

Aunque el ojo humano no puede captarlas, porque son invisibles en condiciones normales, no quiere decir que no existan. Lo que ahora todos podemos entender, dado que vivimos rodeados de energías invisibles al ojo humano y no por ello, menos reales, tal como ocurre con las ondas de radio o el internet, que mantiene abiertas las conexiones planetarias.

Hay algunos seres humanos especialmente dotados que perciben estas presencias e, incluso, pueden verlas con claridad. Aunque la mayoría de las personas normales no pueden hacerlo, no por eso dejan de ser sensibles a ellas, cuando las tenemos cerca o en determinados momentos de especial inspiración y ayudado de instrumentos especiales o sin necesidad de ellos.

El 99% de nuestro mundo real es invisible para nosotros. No son las cosas más evidentes las más importantes, precisamente, sino cómo está uno por dentro y cómo toma las decisiones importantes.

Dado que habitamos en un mundo dual, donde existe el bien y el mal, igual que existe lo físico y lo espiritual, estas energías que nos rodean, por utilizar un término aceptable en esta época, pueden ser también buenas y malas, espirituales y terrenales. Pueden ser demonios o ángeles. Pueden ayudarnos o ponernos zancadillas.

La kabalá explica que cada uno de nosotros puede moverse en distintos niveles de energía, en concreto 10 (con sus escalones) como 10 son las sefirot del Árbol de la Vida. Aunque, para ser exactos, hay 125 niveles espirituales en kabalá, como explica Baal HaSulam en su comentario al Zóhar, aunque no sea imprescindible entrar en esto ahora.

Cada ser humano, con su aura, tiene un determinado nivel de carga energética, positiva o negativa, en una mezcla que va variando a cada momento en función de nuestros pensamientos, eventos externos que nos van sucediendo, nuestra progresión personal y en función, también, de las personas con las que contactemos. Hay personas que sólo hablan negatividades y hay otras que siempre están contentas. Cada persona con la que compartimos provoca un cambio en nuestra energía, para bien o para mal. Es difícil explicarlo con palabras pero uno lo percibe, dentro de sí, con mayor o menor nitidez dependiendo de su signo zodiacal. Hay ciertos signos especialmente intuitivos, los que pertenecen al elemento agua – cáncer, escorpio y piscis – y estos, aunque no lo vean, lo sienten dentro.

Sefirot inferiores del Arbol de la Vida

Mientras uno no comienza su despertar espiritual, uno sólo puede vibrar al nivel más bajo, el que corresponde a la sefirá Maljut, el mundo físico, en el que nos movemos, que sólo se ocupa de cuestiones terrenales.

Y como tal, sólo puede atraer energías de ese mismo nivel, porque en los mundos espirituales, igual atrae a igual. Uno se une a las personas que están en su misma longitud de onda cuando, de manera voluntaria, puede elegir con quien se relaciona.

Para empezar a vibrar en niveles superiores, es preciso despertar y comenzar la ascensión espiritual, la búsqueda de Dios, el encuentro con el Uno o Ser esencial que existía antes de que nada hubiera sido creado.

Mientras uno no comienza ese trabajo espiritual uno sigue plenamente sujeto a la materia y a las energías astrológicas imperantes en cada momento. Sólo es cuando uno comienza el ascenso cuando, dicen los kabalistas, uno empieza a dejar de estar sujeto al karma astral para empezar a moverse en los mundos de Arriba.

Sin embargo, el proceso es largo y no es suficiente rezar, en el modo habitual, para eludir el karma. Y hay cierto karma que no lo para ningún rezo, porque es karma universal. Léase, por ejemplo, el holocausto nazi contra el pueblo judío, enorme tragedia que sufrió el pueblo elegido, que no pudieron frenar sus mejores rabinos ni kabalistas, a pesar de que los tenían, e importantes, en esa época. El karma siempre resulta inexplicable en su actuación, porque no es entendible a los ojos humanos.

A veces Dios, la vida, nos impone ciertas pruebas, nos impide conseguir metas – nos las bloquea – o nos impone pasar o vivir determinadas experiencias. Todo esto sólo tiene un objetivo: nuestro crecimiento y el seguimiento de nuestro destino. No todo está disponible en el universo para nosotros, pero sí todo aquello que tiene que ver con nuestra vida y nuestro propósito. Porque todos hemos venido a llevar una vida con propósito y no a perder el tiempo en sinsentidos y , a veces, nos separamos demasiado de nuestra vía destinada y se hace imposible recuperarla, después de años de desvío.

Y es que también hemos venido a equivocarnos. En la mayoría de las ocasiones, somos nosotros mismos los que creamos nuestras propias cadenas con nuestros miedos a movernos, o a perder lo que tenemos. Porque estamos cómodos en nuestras pequeñas vidas.

Pero entonces llega Dios y nos recuerda que sus planes para nuestra vida no son los mismos que los que nosotros teníamos para ella. Y nos obliga a dar un giro, a empezar de nuevo, a cambiar de planes porque los nuestros se revelaron burbujas en el aire. Para, esta vez, sí, ser quien de verdad deberíamos haber sido, desde el principio.

Dice la astrología, que cuando uno sigue su destino, la sensación es de tener una vida confortable, con ganas de vivir la vida y de seguir adelante. Se desea que la vida sea muy larga y siga parecida, sin grandes cambios, porque uno es feliz con lo que tiene y no quiere sustos.

Es cuando uno se aparta de su ruta destinada cuando comienzan los problemas y las incomodidades. Y cada día que llega, provoca una sensación de hartazgo, de no poder más, de estar harto. Esto nos puede pasar en todas o en alguna faceta de nuestra vida. Normalmente, vamos por áreas aunque, de cuando en cuando, todo se acumula y parecería que nuestra vida entera estuviera saltando por los aires al mismo tiempo.

Nuestra capacidad de mantenernos lejos de las malas energías (que más que malas son falta de ganas, uno no tiene fuerzas para hacer nada) es limitada. Porque solemos tener obligaciones que nos atan y, el mero instinto de supervivencia, nos incita a luchar en el centro de todas las tormentas y mirar a la Tierra y olvidarnos de los desvaríos espirituales.

Pero siempre, después de cada huracán, llegará un rato de paz donde, de verdad, podamos elegir con quien estamos. Y ahí deberíamos tender a buscar, como hacemos de manera natural, a aquellos que vibran en una longitud de onda similar a la nuestra, porque será con ellos con quien nos sentiremos más a gusto y como en casa.

Una cierta dosis de estrés también es necesaria para la vida, porque la falta de estrés se traduce en la pereza y el aburrimiento. De hecho, las energías del estrés están presentes en el Árbol de la Vida, así que son buenas, siempre que se usen de forma debida.

Cada uno de nosotros, de forma instintiva, reconoce si las personas a las que nos acercamos son empáticas o son distantes, si están alerta, si nos ignoran. También solemos reconocer, aunque no siempre, cuando agradamos al que tenemos enfrente igual que él nos agrada a nosotros. Aunque las energías no siempre son recíprocas.

Cuando notamos que en un ambiente no somos bien recibidos, lo sentimos en el aire, lo percibimos, lo recomendable sería separarse de eso lo antes posible. De igual modo, cuando alguien no nos cae bien, no nos gusta su manera de mirar las cosas, no nos gusta su visión de la vida porque la ve de forma radicalmente distinta a la nuestra, lo mejor es despegarse, dejar ir, no empecinarse en tratar de forma habitual con esa persona con la que discrepamos. Porque las discusiones desgastan y, al final, nadie convence a nadie.

Nuestro aura, dijimos, vibra a un determinado nivel; y, normalmente, atraemos a nosotros personas en un grado vibracional semejante al nuestro. Nuestros amigos, nuestras parejas, nuestras familias, si son bien avenidas, deberían vibrar en un nivel semejante al nuestro. Pero, a veces, no pasa. O se deja de vibrar en la misma sintonía con el paso del tiempo. La relación se desafina, ya no es armónica, como era o debiera ser cualquier relación cuando es buena para nosotros y mientras lo sigue siendo. Porque nada es eterno y todo lo que empieza, tiene un fin. Así está escrito, desde el inicio de los tiempos.

El hecho de estudiar kabalá y de empezar a despertar a la vida espiritual te hace empezar a vibrar en un nivel más elevado. Lo que, probablemente, provocará, en sus inicios, un cambio en tu entorno inmediato: de manera instintiva empezarás a eludir la negatividad y, quizás, haya ciertas personas con las que ya no te sea agradable tratar. O no querrás aceptar ciertos trabajos, que antes aguantabas sin ningún problema, porque disparan la negatividad. Uno comienza a hacerse más sensible a lo negativo, a lo que le disturba, a lo que le molesta, y comienza a evitarlo o eludirlo buscando nuevos entornos más enriquecedores y más positivos.

En todo caso, como ya hemos dicho, ni el camino al éxito ni el camino a la elevación espiritual, es un camino recto, sino que suele estar lleno de tropiezos, de subidas y bajadas, de momentos de gloria y momentos de miedo. Lidiar con la negatividad es necesario en esta existencia porque hemos de sobrevivir y ganarnos el pan cada día, pero no le demos, en nuestra vida, más protagonismo del que es estrictamente necesario para mantener lo que, de verdad, necesitamos. A partir de ahí, nuestra vida debe ser positiva y, si no lo es, es que en algo nos estamos equivocando.

Cuando la negatividad cubre nuestra vida

Cuando eso ocurra, estamos siendo advertidos de que deberíamos enderezar el rumbo y buscar lo que, de verdad, nos motiva. Porque cuando estamos en la ruta correcta, cuando dejamos de querer estar en control y empezamos a dejar que sea el destino el que dirija nuestras vidas, deberíamos comenzar a sentirnos razonablemente satisfechos con nuestras vidas.

La negatividad es necesaria para activarnos y hacer cosas; pero, sobre todo, es necesaria como brújula interna que nos indica dónde no debemos dirigirnos o de donde debemos salir corriendo. Así que atento a las alertas que recibes en tu día a día y busca a aquellos que te quieren como compañía. Sin olvidar que el esfuerzo, lo negativo, también se necesita para sentir la satisfacción del trabajo bien hecho y el de ser útil a nuestros semejantes.

Es uno de los componentes de nuestra vida, pero nunca debería ser el único ni el más importante.

Las bendiciones

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Según explica Michael Berg, el ser humano necesita tener 3 cosas para ser feliz: 1) familia e hijos, 2) sustento y 3) vida para poder disfrutar de todo eso. Estas son las 3 grandes bendiciones de las que debería disfrutar cada ser humano.

¿Qué es lo que hace que unos reciban estas bendiciones y otros no? Sobre esto hay distintas versiones en la kabalá.

La mayoría de los kabalistas te dice que la recepción de estas 3 grandes bendiciones no depende de tus méritos o de tu trabajo espiritual, sino de llegar a alcanzar Mazalá o la luz superior, la certeza.

Cuando en nuestras peticiones dudamos de si se nos concederá o no lo que estamos pidiendo, es muy posible que no obtengamos lo que queremos porque la falta de certeza impide la conexión.

Mazalá es certeza, saber que Dios te va a dar algo, estar seguro de que, cuando algo nos molesta, debemos seguir confiando en Él y alegres porque, a pesar de las circunstancias adversas, sentimos, en un nivel profundo, que la ayuda que necesitamos está en camino y llegará, a su debido tiempo.

Esto, en lo básico, coincide con las enseñanzas de Jesús cuando decía que es la Fe la que mueve montañas, es tu certeza interior, tu creencia profunda, lo que provocará la materialización de lo que deseas.

Sin embargo, el concepto es más amplio y lo cierto es que el judaísmo sí recomienda llevar una vida acorde a los buenos preceptos. Moisés decía que debemos dar gracias a Dios cada vez que comemos o recibimos algún disfrute en el mundo físico, porque al bendecir a Dios, damos poder a la Luz del Creador.

En realidad nuestro trabajo no es crear luz, sino servir de canal para que la Luz Superior pueda bajar. Somos los canales o senderos para que la Luz fluya al mundo.

Si estos canales o senderos están cerrados, la luz no puede bajar y percibimos el mundo como oscuridad. Al orar, al pedir a Dios, estamos abriendo nuevos senderos para la bajada de luz y bendiciones a nuestra vida y al mundo, en general.

Albert Gozlan, por ejemplo, recomienda la práctica de meditaciones con los nombres de Dios para la bajada de bendiciones a la Tierra y para la unión de los mundos de arriba y de abajo. Hay nombres específicos, según las necesidades y su página incluye multitud de meditaciones para cada necesidad.

También el judaísmo centra sus oraciones diarias y en las festividades en la obtención de bendiciones y una vida dulce, siendo fundamental, para ello, el cumplimiento del Shabbat – que prepara las bendiciones de la siguiente semana – y de las festividades – ya que el nivel de energía disponible no es la misma en cada época del año.

De manera general, hay que recordar que lo que emitimos al universo, eso ha de regresar por la ley de causa-efecto que rige en nuestro sistema tal y cómo explica la parashá Bejukotai, del Levítico de Moisés. Cuando emitimos negatividad, eso recibimos. Cuando emitimos positividad y amor, eso nos regresa.

Así que, para recibir bendiciones, activemos el lado derecho del Arbol de la Vida, que es por donde bajan las cosas buenas: kabala, generosidad, amor y entrega serán las claves para mantener abiertas las puertas a las bendiciones divinas.

Porque aunque nunca podremos evitar el vivir episodios desgraciados en nuestra vida, ya que de una manera u otra todos venimos a aprender a ser mejores, Dios nos advierte de que, si seguimos sus decretos y mandamientos y emitimos amor al mundo, estas acciones y pensamientos germinarán y florecerán como una vida buena y llena de bendiciones, tal y como explica Karen Berg en su blog.

La reencarnación

https://anamariacanseco.com/mario-vannucci-la-reencarnacion/

Oír hablar de reencarnación resulta extraño para las personas educadas en un entorno occidental, tan centrado en el desarrollo del ego y la asimilación con el cuerpo físico. A uno le parece que su cuerpo es uno mismo y se le hace difícil siquiera concebirse sin él o, más incluso, en un cuerpo distinto, siendo una persona diferente y haciendo cosas distintas, a veces opuestas, a las que hoy dominan su vida.

Pues bien, aunque aceptar que nuestra esencia es un alma divina, que ha venido a la Tierra veces diversas, a realizar trabajos concretos o, simplemente, a elevarse a si misma, es una verdad que la kabalá conoce desde el inicio de los tiempos, cuando todo fue revelado. Si bien, es uno de los grandes secretos que no habría de ser conocido hasta el final de los tiempos, dado que desvelar este dato, hubiera podido cambiar los parámetros de los comportamientos de los seres humanos, cuando también era preciso que el ser humano se ocupara de la Tierra y de su avance completo.

La reencarnación de las almas, el gilgul en kabalá, la rueda de las reencarnaciones del esoterismo, es una verdad conocida por todos los iniciados en los saberes ocultos. Si bien, de manera general, este secreto sólo podía ser revelado al final de los tiempos.

Sobre la reencarnación hablan las religiones orientales, pues a la India llegó el hijo de Abraham habido con su esclava egipcia, Agar, el cual fue formado por su padre en las artes intermedias, las de la magia y los planetas. Ellos hablan de la reencarnación incluso en otras especies o formas de existencia, como las piedras. Pero ellos no conocían los grandes secretos, los que se revelan con el estudio de la Kabalá cuyo conocimiento fue reservado a Iztjac, Isaac, el hijo habido por Abraham con su esposa Sara y segundo patriarca del judaísmo.

La Kabalá explica que la reencarnación es un hecho. El trabajo del alma en la Tierra es, o bien corregirse sin más, o bien hacer algún trabajo especial por el bien de la humanidad, porque el alma tiene una luz especial y, a veces, es necesario que bajen almas muy altas para aportar luz a la humanidad.

Ahora bien, aclara Laitman, para la kabalá el ser humano sólo puede reencarnar en otro ser similar y no volver a nacer convertido en animal o en un trozo de tierra.

Esto es así porque el nivel de alma humana – la Neshamá- y en esto me remito a mis post anteriores sobre el alma y sus niveles, sólo puede residir en un ser humano, porque solo nuestro cuerpo físico puede recibir semejante conexión. Es cuestión de alcance. Somos antenas. Y no tiene la misma capacidad de recepción una gran torre eléctrica que la antena de un coche, por ejemplo.

Los animales reciben el alma emocional, la Rúaj, por eso aprenden y desarrollan afectos. Nosotros también la tenemos, más bien, nuestro cuerpo que es animal también, como el de un perro o un ciervo.

Sin embargo el alma humana, la que da su brillo especial a este cuerpo nuestro, la que Dios sopló sobre Adam para que él la inhalara y la que hace que el ser humano deje de ser un simio y se transforme en un ser con conciencia, esa, es la Neshamá, la única que nos permite conectar con los mundos superiores de forma directa.

Laitman aclara que la Neshamá sólo la tienen, en realidad, los seres humanos que han despertado a observar el mundo de otra manera, los iniciados, aquellos que conocen los secretos y buscan a Dios en cada evento. Aunque eso es cierto, es preciso aclarar que todo ser humano lleva esa conexión dentro, que podrá activar cuando la vida le llame a ello. Y el propósito de la vida es que, en algún momento, la activemos.

Y ¿por qué es preciso bajar varias veces a la Tierra y vivir vidas diferentes? Preciso, preciso, no es. Uno puede terminar su trabajo en una sola vida, si se pone a ello. Pero suele ser necesario debido a que, la mayoría de las veces, la gente pierde su vida sin hacer nada útil ni para la sociedad ni para sí mismos. Y mucho menos para Dios, que ni siquiera saben que existe. Ellos viven al margen de Dios y Dios vive al margen de ellos. Una ignorancia mutua, producto del desconocimiento.

El propio Moisés, receptor de la Torá y experto conocedor de los santos saberes, no entró en la Tierra Santa – a pesar de haber liberado a su pueblo y haber abierto el Mar Rojo con su vara – por un pecado que cometió en el manejo de sus poderes. Así que previsible es que, en algún momento, vuelva a reencarnar para completar el trabajo que en su anterior vida comenzó pero que no consiguió materializar de forma completa en el mundo real.

De hecho, las grandes profecías del fin de los tiempos hablan de grandes almas que volverán a bajar en el tramo final para ayudar a la humanidad en este gran trance que vivirá para lograr su despertar. Ya hay grandes kabalistas en torno nuestra. Con enormes conocimientos que no se alcanzan en un único tiempo de vida. Muy posible que alojen almas de mucho peso.

Sobre por que Jesús no habló de ello, a pesar de conocerlo, como experto kabalista que fue desde su adolescencia, sólo se puede decir que no estaba autorizado para ello, no había llegado el tiempo en que tal secreto fuera revelado a todo el pueblo. Seguramente lo habló con Juan, también iniciado y conocedor de los secretos. Pero, todavía, corría la prohibición de revelación de secretos fuera de los círculos de expertos.

El que, desde hace unos años ya, se venga hablando de la reencarnación de forma cada vez más abierta, que la propia ciencia, a través de la psiquiatría, explique que a través de la hipnosis uno puede hacer regresión en el tiempo y llegar a vidas pasadas, antes del nacimiento (véase si no, el libro del prestigioso psiquiatra americano Brian Weiss ), que la kabalá hoy explique abiertamente los nombres a meditar para poder conectar con nuestros anteriores tiempos de vida en la Tierra, que cada vez más la gente empiece a asumir que la vida no sólo se vive una vez…..depende de lo que hagas con ella, es señal inequívoca de que estamos entrando en un tiempo nuevo.

El Apocalipsis de San Juan anunció que, sólo al final de los tiempos, serían rotos los 7 sellos o revelados 7 grandes secretos. El primer secreto revelado es, sin duda, la Reencarnación. Regido por Saturno, su color negro, y dueño de la sefira 3 Bina, donde existe el Olam Habá y señor de los ciclos de vida y muerte sobre la Tierra. Desde esa esfera se decide que nueva alma va a bajar al planeta y para hacer qué, donde va a nacer y de qué medios va a disponer en este tiempo de vida. Véase un extracto de lo que dice Aish Latino al respecto:

De acuerdo al Talmud, en esta fase previa al nacimiento, Dios envía un ángel personal a cada alma que está en el útero, el cual se sienta al lado de nosotros y nos enseña toda la sabiduría que alguna vez necesitaremos en este planeta. Toda.

Y luego… justo antes de nacer… el ángel nos da un “golpecito” entre la nariz y el labio superior, y todo lo que nos enseñó es olvidado de forma inmediata. Así es como todos los seres humanos recibimos esa pequeña indentación en la piel justo por debajo de la nariz, conocida anatómicamente como “surco nasolabial”.

Es ya, después, el nuevo ser el que, sin recordar nada, vuelve a estar aquí para desarrollar una nueva vida. ¿Cumplirá su propósito destinado esta vez o morirá sin saber siquiera para qué vino? Eso depende de él y del aprovechamiento que obtenga de sus talentos.

Lo bueno de estudiar kabalá es que ayuda a recordar eso que el ángel nos hizo olvidar al nacer. Porque al subir a los mundos superiores volvemos a recuperar nuestro ser y nuestro propósito vital. Y siempre es bueno recordar de donde venimos y por qué llegamos en este tiempo actual.

Buena semana y buen mes, después de Yom Kippur, el Día del Perdón y el más sagrado del año para la fe judía. Señala el final de los 10 días de arrepentimiento, que comienzan después de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Y todo lo que llega es Nuevo. Así que empecemos con buen pie este año nuevo.

La vida en la Tierra

Todo lo que existe tiene un propósito; si no lo tuviera, no existiría. Todo lo que sucede tiene un sentido, aunque nosotros, en nuestro estado actual, no lo comprendamos. Pero todo lo que ocurre, ocurre por algo.

A medida que el ser humano comienza el ascenso por la escalera espiritual de la que nos habla Baal HaSulam y que describe el Zohar, empieza a comprender alguna de esas razones Supremas por las que determinadas cosas sucedieron en el pasado. Y llegamos a entender que todo sucedió por nuestro mejor progreso. A veces lo que más deseamos, muchas veces, es lo que nos provoca mayor sufrimiento. Pero con ese dolor reconsideramos, entramos dentro, nos retorcemos y salimos renacidos bajo una forma más perfecta, más elevada, más madura. Empezamos a percibir el mundo de otra manera.

Hay una evolución espiritual que se perfecciona por sí sola a traves del proceso natural de vida del ser humano, en su paso por sus distintas etapas: infancia, juventud, madurez y senectud, terminando con la muerte del cuerpo físico que pone punto final al actual estado de reencarnación. Nuestra alma descansará en el nivel alcanzado hasta que decida volver a reencarnar para seguir ascendiendo por la Escalera espiritual. Porque en los mundos espirituales no es posible el ascenso. Para subir de nivel es preciso volver a bajar a la Tierra.

A medida que el alma que habita un cuerpo va subiendo de grado, va cambiando de forma y, con ello, reflejando la Luz Superior en forma distinta. La Luz es la conexión con el mundo espiritual y la que hace brillar cada alma con un tono peculiar.

De igual modo, a lo largo de la vida, el ser humano va cambiando sus deseos, va madurando. Sus gustos van modificándose y adaptándose a la nueva situación. A la vez que supera ciertos estadios vitales y pasa al siguiente.

El orden ascendente en el crecimiento que marca el Árbol de la Vida, desde la sefirot más baja a la más alta, es como sigue:

1) Placeres físicos de supervivencia: comida y casa. Es el nivel más básico, correspondiente a Maljut, la sefirá más baja.

2) Busqueda del sexo y de pareja. El ser humano es sexual por naturaleza, siendo el sexo un potente catalizador de energía siempre que se use de forma correcta. Esta faceta humana comienza su desarrollo en la adolescencia.

3) Los placeres intelectuales son el siguiente nivel, cuando la persona empieza a disfrutar de los placeres del estudio y del conocimiento. Este mundo pertenece al lado izquierdo del árbol de la vida así que requiere esfuerzo. Pero proporciona satisfacciones importantes a los que se pierden en él y llegan a dominar las técnicas. Se corresponde con la etapa de los estudios universitarios.

4) Pasamos después al nivel artístico, que rige Venus. Cuando el ser humano comienza a disfrutar del arte y la belleza y/o comienza a necesitar canalizar alguna faceta de su personalidad a traves de algún modo de expresión artística.

5) El siguiente paso es la toma de conciencia de nuestro papel en el mundo. Estamos aquí por algo significativo. Encontrar nuestro sentido interno o propósito que da significado a nuestra vida, a la vez que tratamos de compaginar y equilibrar las distintas facetas que componen nuestra personalidad.

6) Ansias de poder, de dominar el mundo, de manejar algo a nuestro antojo. Es el poder que da el dinero, pero no sólo. Es el poder que da la fuerza. Este poder debe ser usado de forma equilibrada porque también es el terreno del juicio estricto.

7) Deseos de ser magnánimo. Es el terreno de Júpiter, el generoso. Este nivel sólo se desarrolla en altos niveles que acompañan al éxito. Uno desea dar y ayudar al necesitado. Es el nivel más alto del mundo emocional regido por la astrología.

8) Pasamos a desear una sociedad perfecta. Ya no nos vale con triunfar a titulo personal. Deseamos contribuir a la mejora de la sociedad y desarrollar nuestro papel como pieza de un engranaje que deseamos perfecto, pero que habrá que seguir puliendo hasta el fin de los tiempos.

9) Buscamos el encuentro con Dios, el conocimiento de la Sabiduría divina. Es el mundo espiritual o nivel Jocmá. Es el mundo de la Kabalá.

10) Es la vuelta al Uno, donde las formas concretas ya no importan. Uno vuelve a la unión esencial con el Creador donde todo es perfecto y está en paz.

A lo largo de la vida vamos escalando posiciones y puliendo nuestra forma de ser. Suelen ser necesarios varios tiempos de vida en la Tierra para completar el proceso, pero cualquiera puede hacerlo en su tiempo de vida actual si se pone a ello cuando comienza a despertar.

Y es aquí donde entra en juego el estudio de la Kabalá que acelera el proceso y evita tener que aprender lecciones a través del sufrimiento. Se suplen, en ciertos niveles, los eventos correctores con estudio. Porque la corrección pasa a obtenerse a través de la comprensión del mundo y de su funcionamiento.

El cuerpo físico no es más que el contenedor de un alma superior. Es nuestra obligación cuidarlo porque es nuestro conector. Si el cuerpo muere, el alma deja de poder intervenir en el mundo físico, aunque todavía podrá seguir haciéndolo en un nivel espiritual hasta que vuelva a bajar, si debe hacerlo, para seguir el camino hasta la perfección final.

Asi explica la Kabalá el trabajo del ser humano sobre la Tierra. Que culminará con el estadio final donde toda la humanidad funcione como un solo cuerpo y una sola alma cuando se haya culminado la corrección final.