Las malas energías

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Igual que existen las bendiciones y las buenas energías, existen las malas. Más que energías, explica la kabalá, estaríamos hablando de entidades espirituales sin cuerpo físico, pero no por ello menos reales. Ángeles y demonios, en vocabulario judeo-cristiano, más las almas humanas no encarnadas que siguen en nuestro entorno, aunque no las veamos.

Aunque el ojo humano no puede captarlas, porque son invisibles en condiciones normales, no quiere decir que no existan. Lo que ahora todos podemos entender, dado que vivimos rodeados de energías invisibles al ojo humano y no por ello, menos reales, tal como ocurre con las ondas de radio o el internet, que mantiene abiertas las conexiones planetarias.

Hay algunos seres humanos especialmente dotados que perciben estas presencias e, incluso, pueden verlas con claridad. Aunque la mayoría de las personas normales no pueden hacerlo, no por eso dejan de ser sensibles a ellas, cuando las tenemos cerca o en determinados momentos de especial inspiración y ayudado de instrumentos especiales o sin necesidad de ellos.

El 99% de nuestro mundo real es invisible para nosotros. No son las cosas más evidentes las más importantes, precisamente, sino cómo está uno por dentro y cómo toma las decisiones importantes.

Dado que habitamos en un mundo dual, donde existe el bien y el mal, igual que existe lo físico y lo espiritual, estas energías que nos rodean, por utilizar un término aceptable en esta época, pueden ser también buenas y malas, espirituales y terrenales. Pueden ser demonios o ángeles. Pueden ayudarnos o ponernos zancadillas.

La kabalá explica que cada uno de nosotros puede moverse en distintos niveles de energía, en concreto 10 (con sus escalones) como 10 son las sefirot del Árbol de la Vida. Aunque, para ser exactos, hay 125 niveles espirituales en kabalá, como explica Baal HaSulam en su comentario al Zóhar, aunque no sea imprescindible entrar en esto ahora.

Cada ser humano, con su aura, tiene un determinado nivel de carga energética, positiva o negativa, en una mezcla que va variando a cada momento en función de nuestros pensamientos, eventos externos que nos van sucediendo, nuestra progresión personal y en función, también, de las personas con las que contactemos. Hay personas que sólo hablan negatividades y hay otras que siempre están contentas. Cada persona con la que compartimos provoca un cambio en nuestra energía, para bien o para mal. Es difícil explicarlo con palabras pero uno lo percibe, dentro de sí, con mayor o menor nitidez dependiendo de su signo zodiacal. Hay ciertos signos especialmente intuitivos, los que pertenecen al elemento agua – cáncer, escorpio y piscis – y estos, aunque no lo vean, lo sienten dentro.

Sefirot inferiores del Arbol de la Vida

Mientras uno no comienza su despertar espiritual, uno sólo puede vibrar al nivel más bajo, el que corresponde a la sefirá Maljut, el mundo físico, en el que nos movemos, que sólo se ocupa de cuestiones terrenales.

Y como tal, sólo puede atraer energías de ese mismo nivel, porque en los mundos espirituales, igual atrae a igual. Uno se une a las personas que están en su misma longitud de onda cuando, de manera voluntaria, puede elegir con quien se relaciona.

Para empezar a vibrar en niveles superiores, es preciso despertar y comenzar la ascensión espiritual, la búsqueda de Dios, el encuentro con el Uno o Ser esencial que existía antes de que nada hubiera sido creado.

Mientras uno no comienza ese trabajo espiritual uno sigue plenamente sujeto a la materia y a las energías astrológicas imperantes en cada momento. Sólo es cuando uno comienza el ascenso cuando, dicen los kabalistas, uno empieza a dejar de estar sujeto al karma astral para empezar a moverse en los mundos de Arriba.

Sin embargo, el proceso es largo y no es suficiente rezar, en el modo habitual, para eludir el karma. Y hay cierto karma que no lo para ningún rezo, porque es karma universal. Léase, por ejemplo, el holocausto nazi contra el pueblo judío, enorme tragedia que sufrió el pueblo elegido, que no pudieron frenar sus mejores rabinos ni kabalistas, a pesar de que los tenían, e importantes, en esa época. El karma siempre resulta inexplicable en su actuación, porque no es entendible a los ojos humanos.

A veces Dios, la vida, nos impone ciertas pruebas, nos impide conseguir metas – nos las bloquea – o nos impone pasar o vivir determinadas experiencias. Todo esto sólo tiene un objetivo: nuestro crecimiento y el seguimiento de nuestro destino. No todo está disponible en el universo para nosotros, pero sí todo aquello que tiene que ver con nuestra vida y nuestro propósito. Porque todos hemos venido a llevar una vida con propósito y no a perder el tiempo en sinsentidos y , a veces, nos separamos demasiado de nuestra vía destinada y se hace imposible recuperarla, después de años de desvío.

Y es que también hemos venido a equivocarnos. En la mayoría de las ocasiones, somos nosotros mismos los que creamos nuestras propias cadenas con nuestros miedos a movernos, o a perder lo que tenemos. Porque estamos cómodos en nuestras pequeñas vidas.

Pero entonces llega Dios y nos recuerda que sus planes para nuestra vida no son los mismos que los que nosotros teníamos para ella. Y nos obliga a dar un giro, a empezar de nuevo, a cambiar de planes porque los nuestros se revelaron burbujas en el aire. Para, esta vez, sí, ser quien de verdad deberíamos haber sido, desde el principio.

Dice la astrología, que cuando uno sigue su destino, la sensación es de tener una vida confortable, con ganas de vivir la vida y de seguir adelante. Se desea que la vida sea muy larga y siga parecida, sin grandes cambios, porque uno es feliz con lo que tiene y no quiere sustos.

Es cuando uno se aparta de su ruta destinada cuando comienzan los problemas y las incomodidades. Y cada día que llega, provoca una sensación de hartazgo, de no poder más, de estar harto. Esto nos puede pasar en todas o en alguna faceta de nuestra vida. Normalmente, vamos por áreas aunque, de cuando en cuando, todo se acumula y parecería que nuestra vida entera estuviera saltando por los aires al mismo tiempo.

Nuestra capacidad de mantenernos lejos de las malas energías (que más que malas son falta de ganas, uno no tiene fuerzas para hacer nada) es limitada. Porque solemos tener obligaciones que nos atan y, el mero instinto de supervivencia, nos incita a luchar en el centro de todas las tormentas y mirar a la Tierra y olvidarnos de los desvaríos espirituales.

Pero siempre, después de cada huracán, llegará un rato de paz donde, de verdad, podamos elegir con quien estamos. Y ahí deberíamos tender a buscar, como hacemos de manera natural, a aquellos que vibran en una longitud de onda similar a la nuestra, porque será con ellos con quien nos sentiremos más a gusto y como en casa.

Una cierta dosis de estrés también es necesaria para la vida, porque la falta de estrés se traduce en la pereza y el aburrimiento. De hecho, las energías del estrés están presentes en el Árbol de la Vida, así que son buenas, siempre que se usen de forma debida.

Cada uno de nosotros, de forma instintiva, reconoce si las personas a las que nos acercamos son empáticas o son distantes, si están alerta, si nos ignoran. También solemos reconocer, aunque no siempre, cuando agradamos al que tenemos enfrente igual que él nos agrada a nosotros. Aunque las energías no siempre son recíprocas.

Cuando notamos que en un ambiente no somos bien recibidos, lo sentimos en el aire, lo percibimos, lo recomendable sería separarse de eso lo antes posible. De igual modo, cuando alguien no nos cae bien, no nos gusta su manera de mirar las cosas, no nos gusta su visión de la vida porque la ve de forma radicalmente distinta a la nuestra, lo mejor es despegarse, dejar ir, no empecinarse en tratar de forma habitual con esa persona con la que discrepamos. Porque las discusiones desgastan y, al final, nadie convence a nadie.

Nuestro aura, dijimos, vibra a un determinado nivel; y, normalmente, atraemos a nosotros personas en un grado vibracional semejante al nuestro. Nuestros amigos, nuestras parejas, nuestras familias, si son bien avenidas, deberían vibrar en un nivel semejante al nuestro. Pero, a veces, no pasa. O se deja de vibrar en la misma sintonía con el paso del tiempo. La relación se desafina, ya no es armónica, como era o debiera ser cualquier relación cuando es buena para nosotros y mientras lo sigue siendo. Porque nada es eterno y todo lo que empieza, tiene un fin. Así está escrito, desde el inicio de los tiempos.

El hecho de estudiar kabalá y de empezar a despertar a la vida espiritual te hace empezar a vibrar en un nivel más elevado. Lo que, probablemente, provocará, en sus inicios, un cambio en tu entorno inmediato: de manera instintiva empezarás a eludir la negatividad y, quizás, haya ciertas personas con las que ya no te sea agradable tratar. O no querrás aceptar ciertos trabajos, que antes aguantabas sin ningún problema, porque disparan la negatividad. Uno comienza a hacerse más sensible a lo negativo, a lo que le disturba, a lo que le molesta, y comienza a evitarlo o eludirlo buscando nuevos entornos más enriquecedores y más positivos.

En todo caso, como ya hemos dicho, ni el camino al éxito ni el camino a la elevación espiritual, es un camino recto, sino que suele estar lleno de tropiezos, de subidas y bajadas, de momentos de gloria y momentos de miedo. Lidiar con la negatividad es necesario en esta existencia porque hemos de sobrevivir y ganarnos el pan cada día, pero no le demos, en nuestra vida, más protagonismo del que es estrictamente necesario para mantener lo que, de verdad, necesitamos. A partir de ahí, nuestra vida debe ser positiva y, si no lo es, es que en algo nos estamos equivocando.

Cuando la negatividad cubre nuestra vida

Cuando eso ocurra, estamos siendo advertidos de que deberíamos enderezar el rumbo y buscar lo que, de verdad, nos motiva. Porque cuando estamos en la ruta correcta, cuando dejamos de querer estar en control y empezamos a dejar que sea el destino el que dirija nuestras vidas, deberíamos comenzar a sentirnos razonablemente satisfechos con nuestras vidas.

La negatividad es necesaria para activarnos y hacer cosas; pero, sobre todo, es necesaria como brújula interna que nos indica dónde no debemos dirigirnos o de donde debemos salir corriendo. Así que atento a las alertas que recibes en tu día a día y busca a aquellos que te quieren como compañía. Sin olvidar que el esfuerzo, lo negativo, también se necesita para sentir la satisfacción del trabajo bien hecho y el de ser útil a nuestros semejantes.

Es uno de los componentes de nuestra vida, pero nunca debería ser el único ni el más importante.

El destino y el karma

Destino y karma son conceptos relacionados, pero no equivalentes. Destino es el plan general, colectivo e individual, que cada uno de nosotros tenemos y que tiene la humanidad. Ese que está escrito en las estrellas desde el inicio de los tiempos, cuando la creación comenzó y que, cuando todo concluya, tendrá un sentido, desde el principio al final. Por el momento, debemos contentarnos con revelaciones parciales, pero el día llegará cuando todo se entienda y se comprenda la razón última de todo lo sucedido desde el inicio de la humanidad.

Y aunque con conexión, pero cosa distinta, está el karma o Ticun, en hebreo, que es el saldo en la balanza – en contra o a favor – que cada uno tiene en su momento concreto de vida y que resulta de nuestras acciones y actos cometidos en la vida actual y/o en vidas pasadas y que debemos enfrentar en este tiempo de vida.

Cada vez que actuamos y hacemos cosas en la vida real, cada vez que hablamos, cada vez que pensamos, estamos provocando un cambio en nuestro universo y en el mundo en general y estamos generando karma, que puede ser bueno o malo según hayamos actuado.

Así que, según impactamos al universo, así estamos provocando la recepción de algo similar a lo emitido por nuestra parte, la acción-reacción: una reacción semejante a nuestro acto inicial. El conocido como efecto rebote. La vida de cada uno no hace sino reflejar la forma en la que tratamos a los demás.

Nuestro karma o saldo específico puede cambiar de un momento a otro, aunque hay deudas que hay que saldar y que quedan pendientes de años atrás, depende del planeta afectado en cada caso. Léase, por ejemplo, el karma de Saturno, cuando hemos quitado la vida a otro ser humano, se refleja 30 años después, en esta vida, si vivimos tiempo suficiente para que pueda darse la inversión exacta o, si ya hemos muerto antes, ese karma será pagado en el siguiente tiempo de vida que tengamos que bajar a esta Tierra. Pero las deudas karmikas no se borran – salvo casos muy excepcionales – así que hay que pagarlas si las hemos generado tiempo atrás o con nuestro comportamiento actual.

Conforme a nuestro karma pendiente cada vez que muere un cuerpo físico y según el grado de evolución alcanzado por ese alma en ese estadio vital, se configura el destino individual para cada ser humano que nace para un nuevo tiempo de vida.

Esto ocurre en Biná, la 3 sefirá, antes de bajar aquí, de nuevo o por primera vez, al planeta Tierra, a seguir avanzando para la elevación del alma.

El destino es el papel que venimos a jugar. El karma, en cambio, las ataduras y limitaciones que vamos a sufrir, así cómo las deudas que tenemos que pagar. O las bondades que nos regalará la vida si el karma generado juega a nuestro favor. Ambos están imbricados, porque en función de nuestro karma previo, así se definirá el destino general que venimos a jugar al nacer a una nueva vida.

Pero destinos hay muchos, y de distintos grados, lo que hace que se mantenga en su integridad, el libre albedrío del ser humano. Pues cada vez que tomamos decisiones, nuestro destino se abre a un nivel distinto de posibilidades. Hay muchos caminos previstos, unos más altos que otros. Será nuestro nivel humano y espiritual en el momento en que tomamos la decisión el que determinará que escojamos el destino A o el B o el C en cada momento dado. O una pareja determinada. O un trabajo. O una forma de vida. Uno es libre, siempre, para escoger entre un escenario u otro. El destino, después, se desplegará en forma distinta según cual haya sido nuestra elección.

No obstante, en un escenario u otro, siempre hay karma que pagar – normalmente – y/o trabajos que hacer por la humanidad. El que vive para sí mismo, poco durará. Nuestra estancia en la Tierra sólo se mantendrá mientras tengamos algo que aportar al conjunto general o exista esa posibilidad. Cuando se pierde el destino por incapacidad de alcanzarlo ya, uno debe abandonar el juego y esperar a una vida futura donde tendrá una nueva oportunidad de culminar aquello para lo que fue creado en su versión primordial.

La forma en que somos empujados por el universo a seguir nuestro destino natal en nuestra vida diaria es a través de la astrología que, por una parte, afecta a nuestas emociones a través de la Luna y, por otra, nos envía eventos karmikos a través de los planetas. Además de dotarnos de determinado carácter y personalidad acomodado al papel a desarrollar y al karma a tratar.

Las emociones nos provocan incomodidad ante ciertas situaciones y nos empujan a que dejemos atrás ciertas cosas o personas o determinados ambientes. A la vez que nos inyectan de optimismo y vitalidad cuando nos movemos en la dirección correcta. Todos pasamos momentos buenos y malos a lo largo de nuestra vidas. Todos tenemos que tener cabeza a hora de enfocar la vida y eso implica la necesidad, a veces, de ser negativos o realistas. Pero la mejor forma de tomar decisiones trascendentes en lo personal es siempre el corazón, porque sólo él condensa la información general a un nivel superior, al que nuestra mente racional es incapaz de llegar.

Generamos karma cada vez que actuamos mal, que hacemos daño a otro, que le engañamos. Cada vez que robamos algo que no nos pertenece, que explotamos a otro ser humano, que ponemos nuestro interés peronal, nuestro ego, por encima de todo lo demás. Y como dice el judaísmo, cada vez que hablamos mal del prójimo o se utiliza el sexo de forma incorrecta.

Nos elevamos y pasamos a generar buen karma, en cambio, cuando somos generosos con los demás y respiramos bondad. Cuando nuestras intenciones son buenas y nuestros actos correctos. Cuando comenzamos a corregir nuestro egoísmo original. Cuando comenzamos nuestro ascenso espiritual y lo aplicamos a nuestra vida y comportamiento con los demás.

Por eso el fin previsto de la humanidad, que pasa por la corrección global y la superación del egoísmo en todas sus formas, supondrá el fin del karma y la eliminación de la negatividad. Y, con ello, se alcanzará la fase final de la creación, los mil años en que la Tierra será un mundo de paz y felicidad.

Pero para ello será preciso, antes, vivir el despertar general de la humanidad que comenzó en 2012 con la entrada de Neptuno en Piscis y que se prolongará hasta el 2025, al menos, en esta primera fase de expansión de la conciencia general que estamos viviendo.

Sólo a través de la Kabalá se puede acceder a los mundos superiores para superar el karma y dejar de estar afectado por el Ticun que nos llega a través de las energías astrológicas. Y desde Jesús, también, a través del perdón que llega con el arrepentimiento profundo, la confesión sincera y la subida a un nivel superior.

De una forma u otra, todos somos responsables de nuestra propia vida y de nuestra buena, o mala, suerte. Hemos venido aquí por un fin. Nuestro trabajo, descubrirlo y realizarlo.