El deseo

El deseo forma parte de la vida

El ser humano ha sido creado para desear. Y es nuestro deseo egoísta el que nos hace movernos para lograr nuestras metas, el deseo de satisfacer nuestras necesidades y el deseo de obtener placer con ello.

Sin embargo es lo cierto que cada vez que deseamos algo, lo perseguimos y lo alcanzamos, lo disfrutamos un momento pero, al poco de tenerlo, ya dejamos de sentir placer con ello y buscamos algo nuevo.

Así se comporta el ser humano por naturaleza. El problema es que, siguiendo esta senda, el único sitio a donde finalmente llegaremos, es a una fuerte sensación de vacío, típica del ser humano actual y provocadora de tantos estados depresivos.

Ni siquiera las conexiones con los demás calman esta ansiedad porque en nuestra sociedad, por lo general, las relaciones se plantean de modo incorrecto y, en vez de encontrar complicidad o una sonrisa, sólo percibimos gente con prisa y preocupada por su vida, que no tiene tiempo de detenerse y, mucho menos, de hacer algo agradable por aquellos con los que se cruza en su día a día.

El sistema de vida actual nos lleva a un callejón sin salida. La gente se desespera y se pregunta ¿Qué sentido tiene mi vida? Porque, en realidad, la persecución indefinida de deseos egoístas sólo conduce a un vacío cada vez más intenso ya que, según uno más sabe, uno más sufre, al mismo tiempo que va aprendiendo.

Este es el camino común que pasa todo ser humano en la Tierra, porque así estamos diseñados por naturaleza. La única vía de aprendizaje en esta fase del desarrollo es el sufrimiento porque, sólo sabemos movernos por el lado izquierdo del Árbol de la Vida y esa es la consecuencia, la necesidad de esfuerzo.

El punto de vacío al que se llega cuando se pasa por ese proceso tiene un propósito: hacer que el ser humano despierte para descubrir el verdadero significado de la vida. Cuando el individuo siente el punto en el corazón que le lleva a buscar dentro y donde encuentra un nuevo deseo, el de conocer a Dios y el de entender el mundo y su funcionamiento real, oculto a los ojos del hombre común y corriente.

Satisfacer nuestros deseos egoístas no debe ser el sentido de nuestra vida, aunque obviamente vivimos en un mundo físico y tenemos necesidades físicas que satisfacer y deseos que realizar.

Pero el confort mental solo se obtendrá por aquel que, elevándose sobre el egoísmo general, lo utilice para dar. Cuando el ser humano comience a desarrollar su capacidad de dar. Porque es dar lo que provoca una satisfacción profunda. Mucho más honda que la de la simple recepción propia del ámbito natural. Y es que el dar es una manifestación de amor, y eso afecta ya al lado derecho del Árbol de la Kabalá.

Cuando el ser humano llega a esa conclusión vital y comienza a aplicar eso en su vida, ha comenzado a percibir un nivel superior, se ha producido un upgrade. Éste es el nivel de Adam, el hombre primordial, equivalente al Creador porque, al parecerse a Él, lo revela en su vida. El hombre ha pasado de ser un mero animal para convertirse en un ser superior, portador de la Neshamá, alma que nos conecta a los mundos de Arriba.

Nos esforzamos por cambiar el mundo fuera cuando el proceso es al revés, el cambio se debe hacer desde dentro. Cuando nosotros cambiamos, nuestro mundo cambia a la par que va avanzando nuestro proceso interno.

El estudio de la Kabalá acelera este proceso de cambio interior y permite aprender lecciones sin tener que sufrir y pasar por mil pruebas para ello. Además de darte respuestas verdaderas a las grandes incógnitas de la vida en la Tierra. De ahí la conveniencia de su estudio y su conocimiento.

El deseo dirige nuestras vidas, es el motor que nos hace perseguir nuestras metas y luchar por aquello que consideramos importante y significativo. Y no hay que matar el deseo. Lo que hay es que adaptarlo a nuevos parámetros y rebajarlo de egoísmo. Hacer las cosas por otros, además de por nosotros mismos.

Este es un buen empiece como pauta de vida. Lo siguiente, conocer los secretos de nuestro sistema.