El destino y el karma

Destino y karma son conceptos relacionados, pero no equivalentes. Destino es el plan general, colectivo e individual, que cada uno de nosotros tenemos y que tiene la humanidad. Ese que está escrito en las estrellas desde el inicio de los tiempos, cuando la creación comenzó y que, cuando todo concluya, tendrá un sentido, desde el principio al final. Por el momento, debemos contentarnos con revelaciones parciales, pero el día llegará cuando todo se entienda y se comprenda la razón última de todo lo sucedido desde el inicio de la humanidad.

Y aunque con conexión, pero cosa distinta, está el karma o Ticun, en hebreo, que es el saldo en la balanza – en contra o a favor – que cada uno tiene en su momento concreto de vida y que resulta de nuestras acciones y actos cometidos en la vida actual y/o en vidas pasadas y que debemos enfrentar en este tiempo de vida.

Cada vez que actuamos y hacemos cosas en la vida real, cada vez que hablamos, cada vez que pensamos, estamos provocando un cambio en nuestro universo y en el mundo en general y estamos generando karma, que puede ser bueno o malo según hayamos actuado.

Así que, según impactamos al universo, así estamos provocando la recepción de algo similar a lo emitido por nuestra parte, la acción-reacción: una reacción semejante a nuestro acto inicial. El conocido como efecto rebote. La vida de cada uno no hace sino reflejar la forma en la que tratamos a los demás.

Nuestro karma o saldo específico puede cambiar de un momento a otro, aunque hay deudas que hay que saldar y que quedan pendientes de años atrás, depende del planeta afectado en cada caso. Léase, por ejemplo, el karma de Saturno, cuando hemos quitado la vida a otro ser humano, se refleja 30 años después, en esta vida, si vivimos tiempo suficiente para que pueda darse la inversión exacta o, si ya hemos muerto antes, ese karma será pagado en el siguiente tiempo de vida que tengamos que bajar a esta Tierra. Pero las deudas karmikas no se borran – salvo casos muy excepcionales – así que hay que pagarlas si las hemos generado tiempo atrás o con nuestro comportamiento actual.

Conforme a nuestro karma pendiente cada vez que muere un cuerpo físico y según el grado de evolución alcanzado por ese alma en ese estadio vital, se configura el destino individual para cada ser humano que nace para un nuevo tiempo de vida.

Esto ocurre en Biná, la 3 sefirá, antes de bajar aquí, de nuevo o por primera vez, al planeta Tierra, a seguir avanzando para la elevación del alma.

El destino es el papel que venimos a jugar. El karma, en cambio, las ataduras y limitaciones que vamos a sufrir, así cómo las deudas que tenemos que pagar. O las bondades que nos regalará la vida si el karma generado juega a nuestro favor. Ambos están imbricados, porque en función de nuestro karma previo, así se definirá el destino general que venimos a jugar al nacer a una nueva vida.

Pero destinos hay muchos, y de distintos grados, lo que hace que se mantenga en su integridad, el libre albedrío del ser humano. Pues cada vez que tomamos decisiones, nuestro destino se abre a un nivel distinto de posibilidades. Hay muchos caminos previstos, unos más altos que otros. Será nuestro nivel humano y espiritual en el momento en que tomamos la decisión el que determinará que escojamos el destino A o el B o el C en cada momento dado. O una pareja determinada. O un trabajo. O una forma de vida. Uno es libre, siempre, para escoger entre un escenario u otro. El destino, después, se desplegará en forma distinta según cual haya sido nuestra elección.

No obstante, en un escenario u otro, siempre hay karma que pagar – normalmente – y/o trabajos que hacer por la humanidad. El que vive para sí mismo, poco durará. Nuestra estancia en la Tierra sólo se mantendrá mientras tengamos algo que aportar al conjunto general o exista esa posibilidad. Cuando se pierde el destino por incapacidad de alcanzarlo ya, uno debe abandonar el juego y esperar a una vida futura donde tendrá una nueva oportunidad de culminar aquello para lo que fue creado en su versión primordial.

La forma en que somos empujados por el universo a seguir nuestro destino natal en nuestra vida diaria es a través de la astrología que, por una parte, afecta a nuestas emociones a través de la Luna y, por otra, nos envía eventos karmikos a través de los planetas. Además de dotarnos de determinado carácter y personalidad acomodado al papel a desarrollar y al karma a tratar.

Las emociones nos provocan incomodidad ante ciertas situaciones y nos empujan a que dejemos atrás ciertas cosas o personas o determinados ambientes. A la vez que nos inyectan de optimismo y vitalidad cuando nos movemos en la dirección correcta. Todos pasamos momentos buenos y malos a lo largo de nuestra vidas. Todos tenemos que tener cabeza a hora de enfocar la vida y eso implica la necesidad, a veces, de ser negativos o realistas. Pero la mejor forma de tomar decisiones trascendentes en lo personal es siempre el corazón, porque sólo él condensa la información general a un nivel superior, al que nuestra mente racional es incapaz de llegar.

Generamos karma cada vez que actuamos mal, que hacemos daño a otro, que le engañamos. Cada vez que robamos algo que no nos pertenece, que explotamos a otro ser humano, que ponemos nuestro interés peronal, nuestro ego, por encima de todo lo demás. Y como dice el judaísmo, cada vez que hablamos mal del prójimo o se utiliza el sexo de forma incorrecta.

Nos elevamos y pasamos a generar buen karma, en cambio, cuando somos generosos con los demás y respiramos bondad. Cuando nuestras intenciones son buenas y nuestros actos correctos. Cuando comenzamos a corregir nuestro egoísmo original. Cuando comenzamos nuestro ascenso espiritual y lo aplicamos a nuestra vida y comportamiento con los demás.

Por eso el fin previsto de la humanidad, que pasa por la corrección global y la superación del egoísmo en todas sus formas, supondrá el fin del karma y la eliminación de la negatividad. Y, con ello, se alcanzará la fase final de la creación, los mil años en que la Tierra será un mundo de paz y felicidad.

Pero para ello será preciso, antes, vivir el despertar general de la humanidad que comenzó en 2012 con la entrada de Neptuno en Piscis y que se prolongará hasta el 2025, al menos, en esta primera fase de expansión de la conciencia general que estamos viviendo.

Sólo a través de la Kabalá se puede acceder a los mundos superiores para superar el karma y dejar de estar afectado por el Ticun que nos llega a través de las energías astrológicas. Y desde Jesús, también, a través del perdón que llega con el arrepentimiento profundo, la confesión sincera y la subida a un nivel superior.

De una forma u otra, todos somos responsables de nuestra propia vida y de nuestra buena, o mala, suerte. Hemos venido aquí por un fin. Nuestro trabajo, descubrirlo y realizarlo.

El bien y el mal

Es de todos sabido que en nuestro mundo, donde vivimos, co-existen bien y mal. Ambos fueron creados por Dios, según explica la Biblia, tras el pecado original. O, para ser más exactos, aunque el mal ya existía en niveles inferiores, no formaba parte del Gan Eden o mundo del paraíso donde fueron creados Adam, el primer hombre, y Javá, la primera mujer.

Lo que trajo consigo el tan traído y llevado pecado original no fue más que el deseo de la primera pareja humana de querer conocer todo, tanto el bien como el mal, para después elegir entre ellos. Querían ser libres para decidir qué hacer con su vida, máxime sabiendo que era una vida eterna, en esta versión inicial, pues la muerte no existía.

A esto se llama en kabalá el árbol del conocimiento del Bien y del Mal, de donde Eva comió la manzana que luego dio a probar a Adán. Frente al Árbol de la Vida de la Kabalá, que explica el mundo sin necesidad del mal.

Porque el ser humano en la Tierra tiene libre albedrío- esa es la premisa de este mundo – esto es, puede elegir en su vida entre el bien y el mal. De lo que se trata es de elegir el bien y descartar el mal. La cuestión es discernir dónde está cada cual.

En el mundo del Gan Eden – que sigue existiendo si bien en otra dimensión, la que pertenece a la sefirá 3 Bina y que está oculto a nuestros ojos porque está detrás de la Parshá, horizonte o línea imaginaria que separa los mundos Superiores y los hace invisibles para nosotros – en ese mundo de Arriba, todo es perfecto. Cada uno responde al propósito para el que fue creado y refleja la Luz exactamente en el color para el que fue diseñado. No hay conflictos, no hay envidias, no hay abusos; y, por supuesto, los recursos no son un problema porque cada uno tiene lo que necesita y lo que desea.

En realidad en los mundos de Arriba, donde no hay materia, los deseos se satisfacen de forma inmediata.

¿Por qué Adam y Javá decidieron bajar a otro estadio inferior, al mundo material, y conocer también el mal y tener que trabajar, aún a sabiendas de que Arriba iban a disfrutar de una vida idílica? Hay muchas razones para haberlo hecho y son múltiples las que dan los kabalistas, pero adelanto una, la que cita Albert Gozlan en alguno de sus vídeos, que hace el simil con la obtención de un título universitario. Uno siente gran satisfacción cuando lo obtiene después de años de estudio y de esfuerzo. Pero si el título te lo regalan, como a algunos políticos, la satisfacción no es la misma, porque no has hecho nada para merecerlo.

Lo mismo pasa con el Paraíso: está muy bien que nos lo regalen, pero mejor sabrá llegar a él después de haber pasado por las tribulaciones del planeta Tierra.

Así que volveremos al Gan Eden al final de los tiempos, pero antes, tendremos que aprender unas cuantas lecciones en este planeta, que no es más que un campo de pruebas para conseguir que nuestras almas sean cada vez más bellas.

Poco importa lo que consigas en el mundo material, nadie te va a valorar por eso ahi Arriba. Lo que importa es que tu Luz sea cada vez más pura, más alta. Es la elevación espiritual el único objetivo de todo este sistema y el amor a los demás.

Porque en la elevación, los grados más altos pertenecen al nivel colectivo, a esos que trascienden el mundo individual o personal y buscan el interés general.

Si a lo largo de los siglos en los que ha tenido lugar el desarrollo de la humanidad, la iluminación sólo podía conseguirse a título individual – a través, por ejemplo, de las prácticas kabalísticas – ahora, en el tramo final de la historia de la creación adámica, la elevación debe ser colectiva. No basta con que uno alcance la santidad o perfección; es preciso que contribuya a la perfección de la humanidad y a su elevación total.

De ahí que las puertas de la Kabalá se hayan abierto al mundo entero y, lo que siempre fue un saber esotérico u oculto, sea ahora difundido a través de Internet para el conocimiento general.

La misión de cada uno en las experiencias concretas que nos toca vivir es elegir el bien antes que el mal. Y eso significa dejar nuestro egoísmo atrás y empezar a adquirir el deseo de otorgar. Ya que el atributo de otorgamiento es el único que Dios tiene. Y es el que, a nosotros, nos toca desarrollar.

La Kabalá explica como hacerlo y configura la mente para que, el ser humano, comience a pensar en otros términos, con parámetros distintos a los habituales; porque, con el estudio, empieza a tomar conciencia de la incidencia de los mundos invisibles en el mundo físico.

En realidad, el mal, es sólo la falta de Luz. Es la oscuridad. Y el estudio de la Kabalá va impregnando de luz al que se adentra en ella, a la vez que comienza a discernir entre el bien y el mal con más claridad.

A falta de estudio de kabalá, uno deberá aprender experimentando. Y ello conlleva trabajos y esfuerzos. Y dolores y sufrimientos. Cuando uno comienza a estudiar kabalá, parte del aprendizaje se hace con el estudio y el camino se dulcifica. Uno, de forma natural, va corrigiendo sus defectos y comportamientos egoístas y no hacen falta tantos eventos negativos para reconducirnos a la vía correcta.

Y cuando uno no estudia kabalá queda, simplemente, sujeto a las energías astrológicas, que son una noria sujeta al karma que nos lleva arriba y abajo, de una experiencia a otra, para que nos pulamos y aprendamos. Hablaremos de ellas en próxima entrada, porque la ley del karma determina muchos de los eventos que suceden en nuestra vida. Para bien y para mal, porque para aprender, debemos conocer los 2 lados.

En todo caso, saber que todos los que estamos acá hemos querido bajar y lo hemos hecho con un plan concreto, que pretendemos realizar. Pero al llegar, un golpe en la nariz nos hace olvidar todo lo que planificamos y es, después, cuando despertamos a la espiritualidad, cuando empezamos a recordar.

El encuentro con la kabalá, que nunca ocurre por casualidad, indica que el ser humano está preparado para empezar el ascenso espiritual, el retorno a nuestro propósito esencial. De ahí este blog y su matriz, para ayudar a recordar.