El alma colectiva

El 11 Septiembre 2001 ha quedado marcado en la memoria colectiva

Todos procedemos de un alma única, que fue dividida en muchas partes tras el pecado de Adam. A pesar de la separación en entes distintos, todos podemos percibir esa conexión general que nos hace sentir dolor cuando otro sufre. Por ejemplo: todos lloramos al ver caer las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 o al escuchar en las noticias el atentado de los trenes de Atocha en marzo 2004 en Madrid.

El 11 de marzo 2004 fue el día más trágico de la reciente historia de España

Todos sufrimos cuando vemos a otro sufrir. Más aún, cuando esa persona es cercana a nosotros por lazos familiares y/o afectivos. Pero también cuando vemos sufrir a alguien lejano que, aunque sea en las noticias, llega a nuestra vida. A veces se sufre más con el dolor ajeno – sólo unos padres pueden saber lo que se siente al ver sufrir a un hijo, sea por enfermedad, sea por circunstancias vitales – que con el dolor propio. Aunque cuando llega el dolor inmenso por la pérdida de alguien amado, sólo la certeza de que Dios lo quiso así – por razones que se escapan a nuestro entendimiento – nos permitirán superar la enorme pérdida.

Y es que nadie podrá ser completamente feliz en su vida en la Tierra mientras exista algún ser humano que esté sufriendo en algún lugar del planeta. Y si ese dolor se aproxima, porque nos toca más cerca – al afectar a personas cercanas o con las que sentimos un vínculo especial o a las que conocemos – entonces puede llegar a ser insoportable, por muy bien que nos vaya a nosotros en nuestra vida personal y con independencia de cuán exitosos hayamos sido en nuestra vida hasta el momento.

Porque el alma única sigue existiendo, en el mundo de Arriba, y en ella seguimos todos unidos aunque tengamos la apariencia, en el mundo de abajo, de seres independientes y desvinculados del resto.

De ahí la importancia del principio kabalístico que resume la Torá completa: “Ama al prójimo como a ti mismo”, que predicó de forma contundente Jesús de Nazareth siguiendo las enseñanzas de su maestro, Hillel el Viejo, eminente kabalista de la época . Porque sólo cuando damos tanta importancia al bien del otro, como al nuestro, el mundo empezará a funcionar a otro nivel y se producirá el “upgrade” o salto de grado que requiere la humanidad en estos momentos.

En el trabajo colectivo que nos queda por realizar, tendremos que reconectar con ese alma común, tomar conciencia de la importancia del cuidado de todos los seres humanos que existen sobre el planeta, porque sólo cuando podamos crear un mundo donde todos tengamos cabida en nuestra forma perfecta, podremos alcanzar, como colectivo, el estado final de la creación en el que todo será completo. Cuando todo estará en su sitio, según el plan y el destino marcado y escrito, desde el principio de la creación.

Este alma común, la Jayá, es más elevada que la Neshamá, o alma individual, que también tenemos, a un nivel más bajo que la colectiva, según explicamos en el anterior post del blog – El Alma – y que nos hace desear cosas específicas para nuestra vida individual.

Porque en el alma común del Adam Kadmon u hombre universal, cada uno tenemos nuestro papel en un sitio concreto, cada uno de nosotros somos piezas esenciales del funcionamiento del todo; aunque, para ello, debemos desarrollar aquello para lo que hemos nacido y para lo que hemos bajado a la Tierra en la ocasión actual – en este “life-time” -. Que no es el único “tiempo de vida” que hemos tenido asignado en la Tierra – al menos en la mayor parte de los casos – en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

Porque nuestra vida actual responde a un plan, individual o personal, con distintos ámbitos a tratar. Pero también tiene una dimensión colectiva, porque en el plano general – como humanidad – cada uno tenemos nuestro papel y nuestro lugar. Hay 12 signos del Zodíaco, con incontables variantes. No todos hemos nacido para lo mismo, ni nos gustan las mismas cosas, ni somos buenos en lo mismo. Pero todos somos pieza esencial del conjunto total. Que sólo podrá ser compuesto cuando, cada uno, alcance su grado personal de perfección final.

Ese mundo llegará, aunque nadie sabe cual será la fecha concreta en que se desarrollará. Pero sí se conoce la fecha tope o final para que este cambio general se haya producido en su totalidad que se cumplirá, según la kabalá, 6.000 años después de la creación de Adam. Dado que Adam fue creado, según los sabios judíos, en el 3.761 a C, tenemos de plazo hasta el 2.237 para que todo ocurra. Pero, de aquí a entonces, será el grado de evolución de la humanidad – que despertemos antes o después al nuevo entendimiento del mundo- lo que determinará el momento concreto en que la fase final se desplegará; todo apunta a que será la generación actual la que vivirá el despertar general de la humanidad.

Véase, si no, lo que dice al respecto la astrología kabalística, cumpliendo las profecías del profeta Daniel sobre el Fin de los Tiempos cuando cada ser humano brillará con su Luz esencial, igual que las estrellas en el firmamento.

“Y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan á justicia la multitud, como las estrellas á perpetua eternidad.”

Daniel 12:3

La clave es ser tú mismo, el ser que has venido a ser, cumpliendo tu papel en el engranaje colectivo del que todos formamos parte. Porque uno, sin los demás, no puede vivir. Pero tampoco ocupando, o poseyendo, lo que no es suyo o lo que no le pertenece.

Cada uno tenemos nuestra vida y nuestros medios o talentos asignados para cumplir nuestro papel.

Si no tienes algo en este momento, es porque no lo necesitas. Lo que es tuyo, lo que se te da, eso, debe ser utilizado en tu crecimiento personal y, sobre todo, en el desarrollo de la humanidad. No perdamos esta perspectiva global porque, sin ella, el ser humano sólo ve una pequeña parte de su ser completo, que ahora tendrá que desplegar para mostrar todo su potencial.