La vida en la Tierra

Todo lo que existe tiene un propósito; si no lo tuviera, no existiría. Todo lo que sucede tiene un sentido, aunque nosotros, en nuestro estado actual, no lo comprendamos. Pero todo lo que ocurre, ocurre por algo.

A medida que el ser humano comienza el ascenso por la escalera espiritual de la que nos habla Baal HaSulam y que describe el Zohar, empieza a comprender alguna de esas razones Supremas por las que determinadas cosas sucedieron en el pasado. Y llegamos a entender que todo sucedió por nuestro mejor progreso. A veces lo que más deseamos, muchas veces, es lo que nos provoca mayor sufrimiento. Pero con ese dolor reconsideramos, entramos dentro, nos retorcemos y salimos renacidos bajo una forma más perfecta, más elevada, más madura. Empezamos a percibir el mundo de otra manera.

Hay una evolución espiritual que se perfecciona por sí sola a traves del proceso natural de vida del ser humano, en su paso por sus distintas etapas: infancia, juventud, madurez y senectud, terminando con la muerte del cuerpo físico que pone punto final al actual estado de reencarnación. Nuestra alma descansará en el nivel alcanzado hasta que decida volver a reencarnar para seguir ascendiendo por la Escalera espiritual. Porque en los mundos espirituales no es posible el ascenso. Para subir de nivel es preciso volver a bajar a la Tierra.

A medida que el alma que habita un cuerpo va subiendo de grado, va cambiando de forma y, con ello, reflejando la Luz Superior en forma distinta. La Luz es la conexión con el mundo espiritual y la que hace brillar cada alma con un tono peculiar.

De igual modo, a lo largo de la vida, el ser humano va cambiando sus deseos, va madurando. Sus gustos van modificándose y adaptándose a la nueva situación. A la vez que supera ciertos estadios vitales y pasa al siguiente.

El orden ascendente en el crecimiento que marca el Árbol de la Vida, desde la sefirot más baja a la más alta, es como sigue:

1) Placeres físicos de supervivencia: comida y casa. Es el nivel más básico, correspondiente a Maljut, la sefirá más baja.

2) Busqueda del sexo y de pareja. El ser humano es sexual por naturaleza, siendo el sexo un potente catalizador de energía siempre que se use de forma correcta. Esta faceta humana comienza su desarrollo en la adolescencia.

3) Los placeres intelectuales son el siguiente nivel, cuando la persona empieza a disfrutar de los placeres del estudio y del conocimiento. Este mundo pertenece al lado izquierdo del árbol de la vida así que requiere esfuerzo. Pero proporciona satisfacciones importantes a los que se pierden en él y llegan a dominar las técnicas. Se corresponde con la etapa de los estudios universitarios.

4) Pasamos después al nivel artístico, que rige Venus. Cuando el ser humano comienza a disfrutar del arte y la belleza y/o comienza a necesitar canalizar alguna faceta de su personalidad a traves de algún modo de expresión artística.

5) El siguiente paso es la toma de conciencia de nuestro papel en el mundo. Estamos aquí por algo significativo. Encontrar nuestro sentido interno o propósito que da significado a nuestra vida, a la vez que tratamos de compaginar y equilibrar las distintas facetas que componen nuestra personalidad.

6) Ansias de poder, de dominar el mundo, de manejar algo a nuestro antojo. Es el poder que da el dinero, pero no sólo. Es el poder que da la fuerza. Este poder debe ser usado de forma equilibrada porque también es el terreno del juicio estricto.

7) Deseos de ser magnánimo. Es el terreno de Júpiter, el generoso. Este nivel sólo se desarrolla en altos niveles que acompañan al éxito. Uno desea dar y ayudar al necesitado. Es el nivel más alto del mundo emocional regido por la astrología.

8) Pasamos a desear una sociedad perfecta. Ya no nos vale con triunfar a titulo personal. Deseamos contribuir a la mejora de la sociedad y desarrollar nuestro papel como pieza de un engranaje que deseamos perfecto, pero que habrá que seguir puliendo hasta el fin de los tiempos.

9) Buscamos el encuentro con Dios, el conocimiento de la Sabiduría divina. Es el mundo espiritual o nivel Jocmá. Es el mundo de la Kabalá.

10) Es la vuelta al Uno, donde las formas concretas ya no importan. Uno vuelve a la unión esencial con el Creador donde todo es perfecto y está en paz.

A lo largo de la vida vamos escalando posiciones y puliendo nuestra forma de ser. Suelen ser necesarios varios tiempos de vida en la Tierra para completar el proceso, pero cualquiera puede hacerlo en su tiempo de vida actual si se pone a ello cuando comienza a despertar.

Y es aquí donde entra en juego el estudio de la Kabalá que acelera el proceso y evita tener que aprender lecciones a través del sufrimiento. Se suplen, en ciertos niveles, los eventos correctores con estudio. Porque la corrección pasa a obtenerse a través de la comprensión del mundo y de su funcionamiento.

El cuerpo físico no es más que el contenedor de un alma superior. Es nuestra obligación cuidarlo porque es nuestro conector. Si el cuerpo muere, el alma deja de poder intervenir en el mundo físico, aunque todavía podrá seguir haciéndolo en un nivel espiritual hasta que vuelva a bajar, si debe hacerlo, para seguir el camino hasta la perfección final.

Asi explica la Kabalá el trabajo del ser humano sobre la Tierra. Que culminará con el estadio final donde toda la humanidad funcione como un solo cuerpo y una sola alma cuando se haya culminado la corrección final.

El alma colectiva

El 11 Septiembre 2001 ha quedado marcado en la memoria colectiva

Todos procedemos de un alma única, que fue dividida en muchas partes tras el pecado de Adam. A pesar de la separación en entes distintos, todos podemos percibir esa conexión general que nos hace sentir dolor cuando otro sufre. Por ejemplo: todos lloramos al ver caer las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 o al escuchar en las noticias el atentado de los trenes de Atocha en marzo 2004 en Madrid.

El 11 de marzo 2004 fue el día más trágico de la reciente historia de España

Todos sufrimos cuando vemos a otro sufrir. Más aún, cuando esa persona es cercana a nosotros por lazos familiares y/o afectivos. Pero también cuando vemos sufrir a alguien lejano que, aunque sea en las noticias, llega a nuestra vida. A veces se sufre más con el dolor ajeno – sólo unos padres pueden saber lo que se siente al ver sufrir a un hijo, sea por enfermedad, sea por circunstancias vitales – que con el dolor propio. Aunque cuando llega el dolor inmenso por la pérdida de alguien amado, sólo la certeza de que Dios lo quiso así – por razones que se escapan a nuestro entendimiento – nos permitirán superar la enorme pérdida.

Y es que nadie podrá ser completamente feliz en su vida en la Tierra mientras exista algún ser humano que esté sufriendo en algún lugar del planeta. Y si ese dolor se aproxima, porque nos toca más cerca – al afectar a personas cercanas o con las que sentimos un vínculo especial o a las que conocemos – entonces puede llegar a ser insoportable, por muy bien que nos vaya a nosotros en nuestra vida personal y con independencia de cuán exitosos hayamos sido en nuestra vida hasta el momento.

Porque el alma única sigue existiendo, en el mundo de Arriba, y en ella seguimos todos unidos aunque tengamos la apariencia, en el mundo de abajo, de seres independientes y desvinculados del resto.

De ahí la importancia del principio kabalístico que resume la Torá completa: “Ama al prójimo como a ti mismo”, que predicó de forma contundente Jesús de Nazareth siguiendo las enseñanzas de su maestro, Hillel el Viejo, eminente kabalista de la época . Porque sólo cuando damos tanta importancia al bien del otro, como al nuestro, el mundo empezará a funcionar a otro nivel y se producirá el “upgrade” o salto de grado que requiere la humanidad en estos momentos.

En el trabajo colectivo que nos queda por realizar, tendremos que reconectar con ese alma común, tomar conciencia de la importancia del cuidado de todos los seres humanos que existen sobre el planeta, porque sólo cuando podamos crear un mundo donde todos tengamos cabida en nuestra forma perfecta, podremos alcanzar, como colectivo, el estado final de la creación en el que todo será completo. Cuando todo estará en su sitio, según el plan y el destino marcado y escrito, desde el principio de la creación.

Este alma común, la Jayá, es más elevada que la Neshamá, o alma individual, que también tenemos, a un nivel más bajo que la colectiva, según explicamos en el anterior post del blog – El Alma – y que nos hace desear cosas específicas para nuestra vida individual.

Porque en el alma común del Adam Kadmon u hombre universal, cada uno tenemos nuestro papel en un sitio concreto, cada uno de nosotros somos piezas esenciales del funcionamiento del todo; aunque, para ello, debemos desarrollar aquello para lo que hemos nacido y para lo que hemos bajado a la Tierra en la ocasión actual – en este “life-time” -. Que no es el único “tiempo de vida” que hemos tenido asignado en la Tierra – al menos en la mayor parte de los casos – en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

Porque nuestra vida actual responde a un plan, individual o personal, con distintos ámbitos a tratar. Pero también tiene una dimensión colectiva, porque en el plano general – como humanidad – cada uno tenemos nuestro papel y nuestro lugar. Hay 12 signos del Zodíaco, con incontables variantes. No todos hemos nacido para lo mismo, ni nos gustan las mismas cosas, ni somos buenos en lo mismo. Pero todos somos pieza esencial del conjunto total. Que sólo podrá ser compuesto cuando, cada uno, alcance su grado personal de perfección final.

Ese mundo llegará, aunque nadie sabe cual será la fecha concreta en que se desarrollará. Pero sí se conoce la fecha tope o final para que este cambio general se haya producido en su totalidad que se cumplirá, según la kabalá, 6.000 años después de la creación de Adam. Dado que Adam fue creado, según los sabios judíos, en el 3.761 a C, tenemos de plazo hasta el 2.237 para que todo ocurra. Pero, de aquí a entonces, será el grado de evolución de la humanidad – que despertemos antes o después al nuevo entendimiento del mundo- lo que determinará el momento concreto en que la fase final se desplegará; todo apunta a que será la generación actual la que vivirá el despertar general de la humanidad.

Véase, si no, lo que dice al respecto la astrología kabalística, cumpliendo las profecías del profeta Daniel sobre el Fin de los Tiempos cuando cada ser humano brillará con su Luz esencial, igual que las estrellas en el firmamento.

“Y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan á justicia la multitud, como las estrellas á perpetua eternidad.”

Daniel 12:3

La clave es ser tú mismo, el ser que has venido a ser, cumpliendo tu papel en el engranaje colectivo del que todos formamos parte. Porque uno, sin los demás, no puede vivir. Pero tampoco ocupando, o poseyendo, lo que no es suyo o lo que no le pertenece.

Cada uno tenemos nuestra vida y nuestros medios o talentos asignados para cumplir nuestro papel.

Si no tienes algo en este momento, es porque no lo necesitas. Lo que es tuyo, lo que se te da, eso, debe ser utilizado en tu crecimiento personal y, sobre todo, en el desarrollo de la humanidad. No perdamos esta perspectiva global porque, sin ella, el ser humano sólo ve una pequeña parte de su ser completo, que ahora tendrá que desplegar para mostrar todo su potencial.

El alma

El alma es la conexión con el mundo Superior
Las 5 partes del alma

La Kabalá distingue 5 niveles o 5 partes del alma, aunque no todas están siempre activas en los humanos.

Sólo 2 operan en modo de piloto automático, las 2 más bajas (la instintiva y la emocional).

Los 3 niveles superiores, en cambio, tienen que alcanzarse, hay que subir hasta ellos y, para eso, es preciso hacer algún trabajo de corrección previo.

Nefesh, el alma instintiva

El nivel de alma más bajo se corresponde con la sefirá 10 Maljut – Mundo Físico o Asiyá –  y se llama Nefesh; es el alma puramente instintiva, animal o vital, que lleva ínsita todo ser vivo en la Tierra y que da vida biológica a los cuerpos físicos. Nefesh es el alma como motor de la vida física, según se explica en Jabad.

La Nefesh es el alma Vital, la que permite el desarrollo de la vida en nuestro entorno

Sus sensores, en el cuerpo humano, son nuestros 5 sentidos, a través de los cuales percibimos el mundo que nos rodea (la Tierra y la Creación en general). Este alma primera, la Nefesh o puramente animal, se introduce en los cuerpos físicos en el momento de la concepción y nos permite desenvolvernos de forma adecuada en la Naturaleza.

La Rúaj, el alma emocional

En un grado superior, que corresponde al 2º mundo en orden ascendente, el mundo de Yetzirá o mundo de la formación – llamado así porque en él toma forma nuestra realidad – está la Rúaj, el alma emocional, responsable, como su nombre indica, de las emociones. La tienen los animales en general y todo ser humano que habita en la Tierra.

El mundo animal posee la Rúaj, alma emocional, que se rige por la astrología

La Rúaj o alma emocional, es la que se rige por las energías astrológicas que se reciben en la Tierra. Es el ZA (Zeir Anpin, o 6 planetas intermedios que regulan nuestro mundo emocional). Es el escalón previo al mundo físico, donde la realidad toma forma, porque nuestra realidad actual se define por nuestras emociones pasadas, igual que las emociones actuales formarán nuestro futuro.

La Rúaj define las emociones del ser humano y del mundo animal. En este nivel somos completamente egoístas, tal y como fuimos creados. Es el mundo de los deseos y las sensaciones. Pero también es en este nivel donde debemos trabajar en nuestra corrección y desde donde podemos adquirir el alma Superior, la Neshamá, el atributo de Adam (el ser humano corregido y conectado con su fuente esencial y, en realidad, el alma colectiva de la humanidad).

La Neshamá, la conexión con Dios

En la sefirá 3 Biná radica la Neshamá, el alma individual. La Neshamá es el alma personal de cada ser humano que existe, en su forma perfecta, en el mundo de Beriá. Su naturaleza es espiritual y, a su través, el ser humano puede conectar con El Creador. 

En el hombre normal, la Neshamá se manifiesta como capacidad mental, es el alma que nos da capacidad de pensar y salir de nuestros límites físico-temporales para ir más allá de lo que el mero mundo físico nos puede proporcionar.

Es sólo tras la creación de Adam (3.761 a.C), inicio del cómputo del tiempo para el judaísmo, cuando el ser humano recibe – o alcanza – esa conexión superior, el alma espiritual, la única que permite al hombre conectar con los niveles superiores del Árbol de la Vida y que puso en marcha el Plan de la creación que nos relata la Kabalá.

Neshamá en imagen de https://center-for-tanakh-based-studies.com/2015/03/01/the-anatomy-of-the-human-soul-part-2-neshamah/
…. y sopló en su nariz el aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente (Génesis 2:3)

Dios tuvo razones importantes para crear a Adam, la principal poder unir los 2 mundos – el mundo espiritual y el mundo material – en una única creación. Un mundo donde conviven bien y mal pero donde el bien terminará por prevalecer en el estadio último de la creación, según el ser humano se vaya acercando a la corrección final.

Cuando se habla del “alma” nos referimos a este nivel, la Neshamá, que es la particularidad del ser humano de la creación adámica y del pueblo de Israel, el hombre iniciado. Sin embargo, en condiciones normales, este alma no es percibida por el individuo en modo alguno, según explica el Rav. Laitman, sino como un pequeño punto en el corazón que se siente como deficiencia, incomodidad, falta de algo.

Pero es a partir de ese punto desde donde el alma completa se puede desarrollar, aunque es preciso un trabajo gradual, igual que un bebé necesita un proceso de crecimiento para convertirse en adulto. El crecimiento espiritual va produciendo un cambio en los deseos en la persona que, poco a poco, va adquiriendo la cualidad de otorgar – la única que posee El Creador y que no posee el ser humano al nacer quien, creado como un completo egoísta, sólo desea recibir y satisfacer sus deseos hasta que conecta con Dios.

Estos 3 niveles de alma se introducen en el ser humano. Los 2 niveles superiores, en cambio, son externos a nosotros, nos envuelven. Aunque igualmente nos afectan y podemos incidir en ellos. Son llamados “envolturas”, sólo vemos su reflejo cuando se capta desde la Sefirá 3 Biná.

Jayá, el alma colectiva

Jayá es el nivel de alma que se corresponde con el nivel de conciencia de la Sefirá 2 Jocmá. Tiene carácter colectivo, esto es, está por encima del pensamiento individual, existe fuera de la mente. Pertenece al mundo de Atzilut, el más elevado de los 4 mundos que conforman nuestro universo y el nivel en el que el ser humano se sumerge en Dios y tiene acceso a la Sabiduría esencial o Luz de Jojmá.

Este alma no se introduce en nosotros sino que es externa, esto es, nos envuelve cuando alcanzamos este nivel, nos permite sumergimos en ella para participar de sus atributos. Conectamos con esta energía a través del Micvé o baño ritual que se practica entre los judíos. También, según la kabalá meditativa o mística, podemos acceder a ella a través de la meditación de las letras hebreas y los nombres de Dios.

https://www.kabbalahmashiah.com/es/kabbalahmashiah_meditacion.php

La Jayá es el 2º nivel de alma más cercano a Dios. Explica la kabalá que este nivel sólo fue alcanzado de forma colectiva durante la época del 2º Templo. Curiosamente fue, precisamente, el tiempo en que Jesús predicó la Palabra, tiempo de máxima elevación espiritual antes del Fin de los tiempos, cuando esa nivel se alcanzará de forma colectiva de nuevo.

La Yejidá, el Espíritu Santo

Por último el 5º nivel, es la Yejidá, el nivel de alma que corresponde a la sefirá 1 Keter. La Yejidá es el alma más elevada que se encuentra en nuestro mundo, también nombrada como Aliento de Dios o Espíritu Santo; es el alma del Mashiaj, un alma que envuelve al mundo completo. sería la propia alma del Dios Uno, que está más allá de nuestro Universo.

También se dice de ella que es la Luz Directa (Or Yashar). Contiene todo lo que fue, es y será, esto es, la Sabiduría, el Entendimiento y el Conocimiento, aunque es anterior a todos ellos. Este nivel sólo ha sido alcanzado, hasta el momento, por Yeshúa Hamasiaj, Jesús de Nazareth en su papel mesiánico.